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¿Me estás prestando atención?

  • 4 oct 2016
  • 3 Min. de lectura

Cursaba mi segundo año en la universidad. Algo aburrida, en una clase que se daba en uno de los tres anfiteatros por los que nos movíamos durante la tarde. Estaban uno al lado del otro y se llamaban simplemente por el número. Eran grandes, pero los banquitos fijos eran pequeños y los pasillos muy estrechos. Estábamos todos muy pegaditos. Me llega desde atrás un papelito con una pregunta. Eran épocas sin Whatsapp. Los papelitos de mano en mano era muy comunes. Mi papelito decía, “¿De qué color es el techo del anfiteatro 2?” Lo pensé, di vuelta el papelito y escribí “azul”. A los pocos segundos recibo otro papelito. “Es marrón.” ¡Imposible! Después de algunos intercambios más, llegamos a la conclusión de que nos sería necesario ir hasta allí. Efectivamente era marrón.


- ¡Qué buena memoria! – le dije a mi compañero.

- No es memoria – replicó él, – seguramente nunca le habías prestado atención.


Aún así yo había pensado que era azul. Azul era algo a lo que sí le había prestado atención. Y era el piso alfombrado, el piso que tenía que mirar necesariamente para bajar los escalones, para caminar entre las estrechas filas de asientos.


Y es que… tanto se habla de sentimientos, de hacer lo que se siente, de creencias, de racionalidad… Pero antes que nuestros pensamientos, antes que nuestros sentimientos está la atención. Donde dirigimos nuestra atención, nuestros sentidos nos muestran un mundo. Si la atención está en la clase, en lo que dice el profesor, en los papelitos que se pasan, no se verán detalles como el color del techo. Luego entonces, no pensaré en ello, no me provocará nada. ¿Cuántos techos recuerdan ustedes? En cambio yo tengo un nostálgico recuerdo de mis épocas de estudiantes asociado al color de un techo.


Pero bajemos del techo y pensemos en la vida. Si esa atención se dirige a preocuparse por los posibles futuros que se encierran tras nuestras cotidianas decisiones, por un pasado que repensamos y re-sentimos (¿y resentimos?), será inevitable que mucho de lo que está ocurriendo a nuestro alrededor nos pase desapercibido. Y no pensaremos ni sentiremos respecto a lo que está ocurriendo. Pero cuando este presente se convierte en ese pasado en el que sí pensamos… ¿lo recordaremos bien si no le prestamos atención? O será como ese techo que yo creí azul.


Sólo vemos aquello a lo que le prestamos atención, a cada momento. Es como la luz de una linterna. Puede enfocar aquí o allí, puede alejarse o acercarse, pero no puede estar en todo ni tampoco sirve dejarla quieta en un solo lugar. Lo recomendable, como en tantas áreas de la vida, es la flexibilidad.


El tema con esta linterna es que uno suele enfocar a su alrededor, pero casi nunca a sí mismo. Uno queda en la oscuridad. Y así pasan cosas como haber gritado y no saber que nos estábamos sintiendo enojados o sobrecargados y no tener idea de por qué nos sentimos así. Pasa de largarse a llorar cuando algo que parecía irrelevante no sale como queríamos, sin entender por qué eso tan pequeño nos lleva a las lágrimas.


Porque la linterna apuntaba para afuera.


Y la verdad es que la atención se ejercita. Se ejercita para poder mover esa linterna hacia donde haga falta luz. Con intención. Con consciencia.


A este prestar atención con consciencia se conoce como “mindfulness” y ya hablaremos de eso más adelante.


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